Confesiones de una Mente al Borde de la Ciclotimia Galopante: Breve ensayo sobre el Dolor…

La vida a veces es difícil, o por lo menos se torna complicada… No. Me retracto. La mayor parte del tiempo nos hacemos demasiado difícil vivir, nos la complicamos demasiado. Le debemos a nuestro raciocinio la invención, la comprensión, la disciplina, pero le reclamamos la atea condición de acabar con la magia, de romper el hechizo, de cegarnos con conciencia cuando la imaginación da rienda suelta. De alguna manera, siempre le buscamos la explicación y el argumento a la calamidad o locura más disparatada… nada puede escapársenos, porque sencillamente nos creemos dueños de la verdad, sin comprender que la verdad es un consenso y la realidad no nos es accesible sino a través de nuestra propia forma de verla.

El hecho de que él/ella no conteste a tus mensajes tiene una explicación racional (“¡¿Por favor que sea que no tiene saldo, que se cayó el sistema o que le robaron el celular?! ¡Ay, no pobre, otra víctima de la inseguridad! ¡¿Qué horror?! Ya sé, le doy el equipo viejo que está en casa y nadie usa, total, nadie se va a dar cuenta y bueno, va a poder comunicarse cuando quiera… cuando yo le mande mensajes… y le hago yo cargas virtuales así no tiene problemas de quedarse sin poder contestarme, o llamarme o decirme buen día al menos… algo.. ¡¡¡AHHHHHHHHHHHHHHH ME LLEGÓ UN MENSAJE!!!! SEGURO QUE ES DE… ¡PERO LA PUTA MADRE, HOY NO QUIERO SALDO PROMOCIONAAAAAAAL!!! Pero… ¿y si él/ella lo necesita…? mejor le voy a hacer una carga virtual a su cel…”). Sí… uno de los habituales ataques de histeria que plagan mis monólogos, enjoy it!

Nos cuesta aceptar lo que no nos agrada. La lógica del fin de una relación es un caso ejemplar: primera fase es el llanto, el dolor, luego resurge una llama interna que nos vuelve superadores de obstáculos, luego negadores de la verdadera realidad interna, la careteamos lo mejor posible en el medio del sismo y cuando el movimiento de las placas tectónicas del alma nos sacuden tanto que parece que bailamos en un samba permanente, finalmente, caemos al vacio… desde el fondo, al enfrentarnos al más ponzoñoso y peliagudo dolor, que nos quita hasta las ganas de respirar el mal gusto del desamor y la nostalgia, allí es cuando sin darnos cuenta un día volvemos a entendernos, a querernos, a buscarnos y salimos a la luz. No es nada fácil. Pero tampoco es imposible.

Continuando – Jehro

Lo mejor de la etapa del fin de una relación tiene que ver con la necesidad imperiosa de aprobación externa para satisfacer la búsqueda interna de estabilidad, o mejor dicho, la falsa conciencia de la estabilidad emocional: “¡¿No me ves que estoy bien?! ¡¿No te das cuenta?! ¡Estoy plen@, salgo, voy al gym, hago lo que se me antoja, la soltería me queda bárbaro, decime si no…! ¡¿Cuándo me viste tan bien por última vez?! Mirame y no te encandiles con tanto esplendor… ¿Qué? ¿Qué pasa, por qué me miras asi? Sí, así, juzgándome… ¿Qué? ¿Tanto se me nota? (sollozo) Es que… ayyyyyyyy…. Me duele toooooooodo adentrooooooooo, ni un camión de vacas me podría haber aplastado y roto tanto… ¡¡¿Qué tengo que hacer para que me de bola de nuevo, y me vea y me venga a pedir que volvamos a ser lo que alguna vez fuimos?!! ¡¡¡¡¿Qué, decime qué?!!!!!! Ahh, ya sé… que me atropelle de verdad el camión de vacas, entonces, cuando yo este en terapia intensiva viene a visitarme, y yo me despierto, le agarro la mano, me hago el/la difícil un poco, y entonces, entre lágrimas nos volvemos a juntar… ¡ES GENIAL! PERO… ¿De dónde puedo sacar un camión con vacas?”.

Aunque la mona se vista de seda… aunque neguemos una y otra vez la verdad de lo que sentimos, en el fondo todos sabemos que apenas termina una relación, y en el tiempo subsiguiente (lo que nos lleve superarlo de verdad) estamos pendientes de todo lo que hace nuestro ex, o por lo menos buscamos enterarnos de gran parte, con la clara necesidad interna de que siga pensando en nosotr@s, recordándonos de algún modo, extrañándonos y rogándole a quién sea que la vida nos vuelva a cruzar… Sí, claro… ¡Seguro! Eso debe estar haciendo… la cosa es: ¿Cuál es el consuelo de pensar en ello, en qué nos ayuda seguir enquistados en algo que ya terminó? ¿Y si no terminó, por qué no lo intentamos otra vez, a qué le tenemos tanto miedo?

Last one to Know – Joss Stone

El miedo, señoras y señores, es lo que nos paraliza en todo acto, en cada bifurcación, en todas las elecciones que jamás nos atrevemos a tomar, hasta en el olvido. Las experiencias nos enseñan cuál trozo de queso es el electrificado, y cuál es el verdadero camino a la salida del laberinto. Lamentablemente, muchas veces nos debemos chocar contra la pared y sentirnos presa de nuestro propio raciocinio antes de escuchar a nuestro corazón y conectarlo directamente con nuestro pensamiento. Nunca es fácil, pero tampoco es imposible, recalco.

Confieso: cometí muchísimos errores, pero no me arrepiento, porque de todos ellos algo aprendí. Un día me di cuenta, gracias a la gente que me rodea, a quienes me conocen, aconsejan, escuchan, retan y encaminan, que estaba escapándome de mi mismo, de encontrar un “yo” que no me agradaba, pero con el que convivía en silencio. Ahí es cuando te das cuenta que las acciones diarias te encadenan a una realidad que no es la que de verdad pensaste que querías, una rutina espontánea que no es genuina, una cárcel que no comprendemos, pero que nos aporta una falsa seguridad que nos permite pisar firme en arenas movedizas. Escaparse del dolor nos congela… temer volver a sufrir y caer, nos vuelve fríos, calculadores, irónicos hasta la médula y capaces de herir profundo. Por evitar sentir dolor, uno tiende a evitar sentir todo lo demás, hasta lo que nos hace sentir felices.

Es como una droga, un paliativo. En pequeñas dosis diarias te vuelve adicto, y cuando querés acordarte cómo y por qué, te encontrás perdido en el corazón del laberinto, sin salida. Pero según dicen por ahí, de todo laberinto se sale por arriba. Mirar y mirarse desde otro ángulo. Finalmente, entendí que escapar del dolor de nada servía si me evitaba sentir todo lo demás, porque por ello me estaba perdiendo de lo que realmente vale. Entendí que hasta el dolor más insoportable es valedero, porque nos hace saber que aún podemos sentir y que seguimos con vida.

Y es un nacer de las mismas cenizas, empezar a recoger los pedacitos de nosotros mismos y volver a armarnos, pero esta vez, de manera distinta. La crisis es la praxis, o por lo menos, su detonante. El cambio… debemos dejar de termerle, porque allí se encuentra la razón de que a pesar de todo lo que pueda llegar a ocurrirnos, lo bueno y lo malo, todo significa algo y nos lleva en una dinámica que realmente vale la pena experimentar. A veces es necesario escucharnos un poco más y sincronizarnos con nuestros latidos.

Breve ensayo sobre el Dolor – Tomo II

Dicen por ahí que el Arte más inquietante y exitoso de la historia ha devenido de la inspiración que genera el más agobiante dolor. Quizás el alma del artista busca expulsar en bocanadas de tinta, sangre y oxígeno cada uno de los sentimientos que devanan los sesos y corrompen el corazón. Quizás a través del arte mismo el hombre paga sus indulgencias por cada pecado y error cometido, o cada promesa en vano jamás cumplida.

Particularmente, me ha sucedido con “Un día aprendí”, escrito que ha iluminado mi oscuridad más luctuosa: Su título es motor de búsqueda en  la web, como así también algunas de sus máximas, llenándome de orgullo y felicidad al percatarme de la cantidad de personas que lo disfrutan, lo comparten por la web y afirman sentirse identificadas con cada párrafo. Algo similar sucede con mis “Confesiones de una mente al borde de la Ciclotimia Galopante”. Agradecido por los comentarios a favor, por las críticas constructivas, y principalmente por la buena vibra de quienes se contactan conmigo y me dicen: “¿Me estuviste espiando? ¡¡¡Sufro cada uno de los síntomas de las patologías que contás en tu blog!!!!”, ante ese comentario no sé si ponerme feliz o decir… “lo siento mucho”, dado que son bastante deprimentes y miserables las situaciones que expongo.

Siento a la escritura como mi refugio, mi espacio de conexión más íntima y profunda con mis misterios, dudas, emociones y pavores. Amo delatar cada sentimiento y describir mis sensaciones, poder compartirlas y hacer que otros sientan que de pronto alguien más puede entender por lo que están pasando, como si se les acariciara el alma a lo lejos, como si se les abrazara a la distancia y se dijese: “Tranqui, todo va a estar bien, a pesar de todo”. Quizás es mi granito de arena en un mundo donde cada castillo parece derrumbarse. No hay problema, todo se puede volver a construir hasta volverse tan imponente que se vuelva un placer extremo contemplarlo. El discurso es mi Edén y mi pase libre al caos más extremo.

La enunciación misma me permite ordenar mis pensamientos, así como también develarlos, reconocerlos, objetarlos e intentar encontrar salidas ante los múltiples laberintos de mi conciencia y mi inconsciente.  Y es que a veces sabemos qué queremos decir, pero no logramos entender cómo. A veces ni siquiera comprendemos qué nos pasa, y necesitamos manifestarlo para caer en la cuenta. No es una exposición adrede, un grito desaforado en busca de ser oído. Es apenas una melodía, un juego de palabras, un pincelazo, un aroma, lo que nos ayuda a superar la frustración otorgándole satisfacción a nuestra imperiosa necesidad de algo. Después de todo, la necesidad es el motor de la acción humana, y el conflicto el inicio del drama. Tesis, antítesis, síntesis.

Lo más entretenido del asunto es que muchas veces uno teme enfrentarse a una situación en especial, porque no sabe cómo expresar correctamente lo que uno desea decir sin que se malinterprete. COMPLETAMENTE IMPOSIBLE, dado que cada uno tiene un propio glosario interno, a pesar de las convenciones culturales existentes, mediante el cual entiende lo que entiende, aunque lo que el otro deseaba decir sea algo completamente distinto. Entonces es cuando maquinamos día y noche la situación: qué decir, que contestar, cómo rebatir, cómo romper el hielo, cómo cerrar la conversación y  resolver el asunto. Nos imaginamos inicios, finales, momentos, escenas, lugares, es una gran obra de teatro en permanente acto. Y sin embargo, cuando llega el momento… nada es lo que uno pensaba que podía ser, y siempre queda el..  “uhhh, debería haberle dicho esto…”

En mi caso, la experiencia misma me permitió hallar musas inspiradoras en la cotidianidad. Algún evento, persona, una mirada, un gesto, una relación, un quiebre, un nuevo comienzo, un final y las fichas que caen en el marote para frenar el huracán sentimentaloide íntimo. Una de mis principales compañeras de ruta ha sido la música, a través de ella, de sus acordes, versos y armonías me ha trasladado a recovecos propios que desconocía, y me ha permitido sentirme identificado y comprendido cuando más solo me sentía.

Yo no soy adepto al fanatismo, sin embargo, admito haber encontrado una heroína cuando las aguas bajaban turbias: Adele, un fenómeno musical mundial por su talento vocal, musical, exposición y  espontaneidad; dramática, extremista, excelente intérprete, con canciones capaces de erizar la piel por su contenido, ritmo y melodía, con una base country, jazz, blues y pop que demuestran su versatilidad como artista, ha vendido más de 42 millones de discos en su reciente carrera mediática, con fans en todo el globo. Su último álbum, “21” (titulo inspirado en la edad de la artista cuando la grabación se puso a la venta) ha sido premiado como Álbum del Año en los Grammy Awards 2012, donde además fue galardonada con 6 Grammys, entre ellos mejor canción del año para Rolling in the Deep, además de otros tantos premios a lo largo de su carrera.

Adele apareció en el momento justo. Problemas de pareja, separación y un sencillo capaz de hacerme somatizar cada síntoma que el quiebre de una relación genera. Resentimiento, desazón, frío, confusión, nostalgia, odio, amor, y un fuego gélido en el centro del pecho. “We could’ve had it all”… pero no. “Never mind, I’ll find someone like you”… “but there`s a side to you that I never knew, never knew”… en cada frase me permitió encontrarme a mí mismo y reconocerme, preguntarme por qué, e inspirarme a intentar avanzar a pesar de que el dolor calara hondo en mi. Cosas que ocurren en el momento justo, ahí, cuando más se necesitan.  Paso algo similar con Joss Stone, Amy y algunos otros exponentes de la música británica, por lo menos, en este último año.

Enfrentarse al espejo interno no es tarea fácil. Solo los valientes parecen atreverse. Es mirarse y decir, “hello, stranger”, y darse cuenta de cuánto tiempo perdimos evadiéndonos, buscándonos, perdiéndonos. Pero un día, ahí estamos, cara a cara, intentando reflejar en nuestras pupilas aquello que queremos decir, que necesitamos oír, y que precisamos expulsar para seguir adelante. Es tan frustrante cuando creemos que la brújula nos falla, cuando no sabemos qué camino tomar. Cuesta encontrarlo, pero es necesario esforzarse lo suficiente para hacerlo, a pesar de que las heridas aun no hayan cicatrizado y un movimiento en falso pueda ser fatal, pero vale la pena no dejarse caer.

Rolling in the deep – Adele

Licencia Creative Commons
Confesiones de una mente al borde de la ciclotimia galopante por Jonathan Picossi se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 3.0 Unported.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s